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donde vivimos

En la superficie del río patinan brillos que arrastran camalotes. El curso de agua se desliza como en picada, aunque nada en la llanura suavemente ondulada de la mesopotamia. Por eso se enrula, se mete y socava la tierra arcillosa de las playas entrerrianas.
Algún día tanto arrastre formó islas, bosques y bañados, bahías de arena blanca y dio hogar a variedad de peces que también son alimento. Esa agua amarronada por su riqueza nutricia llega hasta el mar desde las lluvias del Amazonas y los saltos de agua que vienen de Misiones.
La superficial y también subterránea conectividad hídrica hizo de los pedazos de continente, esas islas enraizadas, órganos regados de abundancia. Es el Paraná que siembra las tierras ricas y misteriosas en su entrada al monte de espinillos, palos amarillos, algarrobos y coronillos, sauces y casuarinas.

Las abejas vuelan de flor en flor, las mariposas colorean el aire y los pueblos que allí viven desde hace siglos, los pueblos que siguen eligiendo ser naturaleza, se alimentan de la diversidad del monte, lo exploran, lo aman.

El desarrollo moderno usó los mismos canales que antes el sembradío azaroso de la Madre Tierra con sus venas de agua. Creció sobre los ríos. Les dio la espalda a las arterias y les desechó su pis y caca, fertilizantes naturales que producimos los animales para el suelo, aunque sueltos en los remansos, contaminaron y contaminan el agua que después bebemos en familia, y tantas veces solos. Los usó de autopistas para transportar los «productos» agrícolas y se olvidó de ser parte. Ya no se detuvo a mirar el brillo, a nadar sus cauces, a bautizarse de localía. Las comunidades modernas ya no nadamos en los ríos, los añoramos y soñamos la paz y la alegría, mientras los llenamos de la basura que generamos por separarnos de la naturaleza. Buscamos en los laboratorios cómo solucionarnos y creamos una idea de limpieza que no es propia de quien habita la Tierra. Los animales son esclavos, ya no somos aliados de quienes no tienen habla ni idiomas que se puedan plasmar en letras. La tierra es un recurso y ya no nuestra casa.

En la lucha por la subsistencia, trabajo vital en este planeta, nos volvimos enemigos de quien nos crea y recrea. De ese vientre de madre, de la selva y las piedras. La vida insiste en cada brote, en cada pedazo de tierra húmeda y oxigenada. Y vamos con las topadoras a sacarlos, no son negocio. No necesitamos árboles, queremos commodities para trocarlos por billetes que curiosamente verdes nos llenan de pobreza.

Morenos, amarillos, negros y blancos, nos miramos desconociéndonos apenas a través de pantallas. Nos negamos como especie, nos creímos reinas y reyes. La divinidad era el aire, el agua, la tierra y el oportuno fuego, abuelos de sabiduría del tiempo. Aprendimos a utilizarlos, hasta la dominación y el abuso, que nos dejó solos y heridos, huérfanos y estériles. Vacíos de elementos, llenos de pensamientos e insatisfacciones. Tristes.

Ya sin tiempo, sin posibilidad de disfrutar de este refugio redondo, de este planeta que, como una célula, reproduce la belleza, la química, la física y los milagros, nos adormecimos con lo innecesario para anhelar lo que no nos detenemos a contemplar.

Perdimos el conocimiento de tanto estudiar, de tanto delegar, de tanta presunta comodidad. Ya no sabemos elegir los alimentos, producir nuestras medicinas, encontrarnos en comunidad. Ya no nos comunicamos con las aves, con los árboles, con nosotros mismos. Ya no sabemos quienes somos.
Es hora de despertar.

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